La bitácora más ácida de la blogósfera.

Ese debiera ser el subtítulo de este blo9. Pero por una razón que no diré decido que permanezca la que desde hace tantas soledades acompaña a esta bitácora. Cronológicamente te ubicas en mi segundo diario electrónico, que todavía fatigué ciertos días de este dos mil siete. Nunca supe que despegara, salvo en dos entradas en que llegaron precisamente dos colombianos. La abandoné el día que decidí que necesitaba una u erre ele sencilla, de una palabra si era posible. Cuando conseguí mi propósito salí de estos pixeles anaranjados.
Puedes leerla con ayuda del botón que te posicionará a una entrada motivada por el azar. Por los enlaces accedes a mi primera bitácora o, incluso, a la que mantengo hoy día. Todo comenzó un marzo de dos mil cinco como redacto ahí. Comentarios siempre son bien recibidos. Si quieres estar al tanto de las respuestas, recomiendo la nueva herramienta de blogger. De pronto el botón toma tiempo, se paciente :) Saludos estimado y único lector.

sábado, marzo 19, 2005

Ridículo

Ayer fui invitado a una fiesta por mi amigo Z y D, su novia. D me presentó a su amiga A. La música que sonaba no era precisamente mi favorita. Era del tipo de música que se baila entre dos --hombre y mujer preferentemente, aunque también funciona en su modalidad mujer-mujer u hombre-hombre--, tomados de las manos y con alguna eventual pirueta. No soy del tipo de persona que se sienta especialmente cómoda con este tipo de ritual. Así que, asumí toda la incapacidad que me ha sido otorgada para realizar este tipo de manifestaciones y le dije a A que recurriría al clásico uno dos, para acompañarla. Después agregué que el sentido del ritmo musical de las mujeres era notablemente superior al de los hombres, a lo que respondió:--pienso que el ritmo no es una cuestión de género, sino de aceptación cultural, a las mujeres les es más sencillo asumir ese rol.
Respondí que estaba completamente de acuerdo. Recordé que cuando niño bailaba, de hecho hasta me gustaba hacerlo con mi madre, se lo dije. Ella contestó:
--Apuesto que alguna tía tiene alguna responsabilidad con tu trauma.
En ese momento inferí que quizá tendría más que ver con alguna amiga de mi madre. La plática relativa al baile terminó.

Soy un tímido obsesivo, así que hoy dediqué unos momentos a tratar de fatigar el origen de mi trauma patológico y recordé que cuando tenía unos once años mi hermana comenzó a burlarse de mi manera de bailar [paréntesis: cuando niño fui un gran exhibicionista, además siempre he sido un poco extravagante, y a veces me gustaba imitar el baile ridículo de ciertos adultos que poseían un sentido del ritmo atrofiado. Era divertido, hasta que mi hermana lo utilizó como arma para mofarse de mí].
Ahora me es imposible liberarme de mis ataduras robóticas sin ruborizar y sentir que estoy haciendo una parodia de mí. No sé como liberarme sin perder el estilo.




¿Alguna vez te has detenido por miedo al ridículo?

No hay comentarios.: