La bitácora más ácida de la blogósfera.

Ese debiera ser el subtítulo de este blo9. Pero por una razón que no diré decido que permanezca la que desde hace tantas soledades acompaña a esta bitácora. Cronológicamente te ubicas en mi segundo diario electrónico, que todavía fatigué ciertos días de este dos mil siete. Nunca supe que despegara, salvo en dos entradas en que llegaron precisamente dos colombianos. La abandoné el día que decidí que necesitaba una u erre ele sencilla, de una palabra si era posible. Cuando conseguí mi propósito salí de estos pixeles anaranjados.
Puedes leerla con ayuda del botón que te posicionará a una entrada motivada por el azar. Por los enlaces accedes a mi primera bitácora o, incluso, a la que mantengo hoy día. Todo comenzó un marzo de dos mil cinco como redacto ahí. Comentarios siempre son bien recibidos. Si quieres estar al tanto de las respuestas, recomiendo la nueva herramienta de blogger. De pronto el botón toma tiempo, se paciente :) Saludos estimado y único lector.

martes, julio 26, 2005

Its all the same

No puedo negar que posiblemente toda mi vida he tendido a la tristeza. Tampoco que innumerables veces he querido dejar de serlo. Además, en este momento debiera agregar, todos quieren que lo pruebe. Siempre buscan que les demuestre mi tristeza, que sí estoy triste, que sí tengo motivos, como gustan llamar a las cosas que te entristecen. Eso también me caga. Tengo que hacer una lista de las cosas que no me gustan, de su funcionamiento errado.
En este momento, me desvío del tema primordial para atender este secundario. El otro día hablaba por el teléfono con K. Ella decía: ‘por qué siempre tienes que decir la última palabra’. No respondí, me limité a escucharla y, a la vez, percatarme de mi accionar.
Mirando a las personas que me rodean, mis papás y hermana, noté es muy difícil no juzgar. Por mucho tiempo pensé que era imposible no razonar lo que se escucha con la intención de entenderlo. ‘Para razonar es necesario juzgar’, me decía. Ahora —siempre inevitablemente llego a un punto en el que dudo, es bastante frustrante no estar rodeado de certezas— no estoy seguro. Pienso en esta cita de memoria que el honorable Blas Cubas escribe en sus memorias: «Confía en ti mismo. No siempre dudes de los demás». El domingo, en el camino de regreso, no pude quitarme del pensamiento esa cita. Al mismo tiempo participaba de lo que me decían mis padres, y lo juzgaba. Era una plática eventual del camino. El punto es que juzgaba.

Ya no quiero ser taciturno. Ya no. Quiero recuperar esa fuerza que tuve en lo que fui. Imitarme. Ser otra vez. Recuperar esa capacidad para no detenerme a la contemplación temerosa. Enfrentar, siempre enfrentar, aunque esté lleno de miedo. No detenerme. Antes entendía las reglas del juego y les daba la vuelta, como Camus, jugaba sabiendo de la farsa pero lo hacía porque es inevitable. Hay cosas que son inevitables, yo lo sé, siempre lo supe.

Si tan sólo no viviera siempre en el extremo.






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Estoy perdido y este pinche escrito se tiñe de más drama; también estoy harto del drama.

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